

Todo el mundo estaba impaciente, sin embargo a media tarde aparecieron esos dos blancos y grandes animales, muy apreciados por nuestras tierras y lo digo gastronómicamente. Rápidamente nos pusimos con las manos en la obra, mejor dicho con las manos en los cerdos. Que podemos decir de la matanza del cerdo :chillios, sangre y dolor; porque al fin al cabo también nos daba pena de los pobres cochinos. Todo el mundo colaboró cogiendo una pata, ayudando en la subida del marrano a la mesa o atandolo

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Como es costumbre había mujeres removiendo la sangre para que no se cortarse esta. Por supuesto agradecemos la pericia del matador ya que hizo una buena labor e incluso era una persona muy amigable y nos explicaba todo los pasos que hacía; y que los hacía muy bien.
José Manuel Medina Madrid
